La opción por los más pobres II

Interesante y satisfactoria ha sido la reacción que generó mi colaboración anterior, La “Opción por los Más Pobres I”. Hubo desde quien se sumó a mi análisis, hasta quien me señaló  de ser “demasiado soñador, demasiado quijotesco”. Consideraba que “la atención a este grupo no radica sólo en la temática, sino en el método, en el compromiso, que les permita dejar de ser subyugados para la eternidad”. Hay quienes dicen que sacar a los más pobres de ese “hoyo” en el que se encuentran,  es imposible, un sueño. Por fortuna, en algunos países como Bolivia y Brasil se ha demostrado que optar por los más pobres es posible.

 

Por Roberto López Rosado

 

Luiz Inácio Lula da Silva,  en su primer día trabajo, como Presidente de Brasil, reunió  a todos sus ministros. Los subió a un avión y los llevó a los lugares más pobres del país. Quería que el presidente del Banco Central o su ministro de Hacienda vieran al Brasil “real y verdadero”. Los resultados de su política social permitieron que 28 millones de brasileros salieran de la pobreza, además de reducir drásticamente los niveles de desnutrición, amén de elevar el nivel escolar de las y los niños y jóvenes de su país.

Cuando camino y veo a la gente de Oaxaca, a la población de Juchitán,  de Chipas, o de cualquier lugar donde la pobreza abunda, a esa muchedumbre casi siempre invisible, comunmente se les concibe como una cifra, como un dato, que vive de milagro, con poco menos de 700 pesos al mes, me siento impotente no poderles ayudar. Es triste, pero sobre todo frustrante, poderles entregar sólo una aportación económica o material y no tener la posibilidad absoluta de ayudarlos a salir del “hoyo”.

Sin embargo, este problema no debe verse de manera aislada, como una situación de cada país. En este mundo globalizado, cualquier situación no debe verse ni tratarse de manera aislada. En el mundo hay 10 países que controlan el 40 por ciento de la riqueza de todo el planeta; 15 empresas transnacionales controlan el 5 por ciento de la producción mundial. El mercado, “no cree en lágrimas” y su objetivo es hacer negocio, “dinero, dinero y más dinero”, es su principio.

Como en el pasado, las grandes potencias invaden países, bloquea el comercio, impone precios al resto del mundo, asfixia economías nacionales, conspira contra gobiernos. Toman en cuenta, sí, el estado de pobreza que enfrenta cada país, pero no para ser “almas de la caridad”, sino para tomar decisiones de mercado, para hacer negocio, para decidir si esos pobres son un peligro para sus inversiones.

La desigualdad económica y social entre regiones del mundo, entre países, entre clases sociales, va a la alza.  Hay un crecimiento de la población y una reducción en la producción de alimentos, lo que deriva en una crisis alimenticia que se conjuga con la disminución de las tierras que los producen, entre otros muchos factores que en esta entrega es difícil tocar, pero más aún se conjuga con las políticas neoliberales que en las últimas décadas han prevalecido de manera salvaje en el mundo, donde los seres humanos se encuentra en el último lugar de las prioridades de los propios seres humanos.

Ya lo señalaba que para solventar esta situación no sólo hay que acudir al expediente temático, sino al método, en el compromiso como lo hizo en su momento el Presidente Lula y lo ha venido aplicando el Presidente de Bolivia, Evo Morales quien ha dicho que “la promesa de igualdad y justicia planetaria es cada vez más lejana”. Por fortuna, Evo, entendió que los derechos sociales de los pueblos están en peligro. Por fortuna, no se quedó ahí, y tomó acciones que le han permitido, en su país, beneficiar a los más pobres y de allí a la sociedad en su conjunto. Andrés Manuel López Obrador lo resumió en una frase de campaña: “Por el Bien de Todos, Primero los Pobres”.

En Brasil, una de las varias medidas que aplicó Lula, fue aumentar el salario mínimo, que por cierto aquí fuertes intereses, o digámoslo de otra manera, el gobierno priísta, le pone muchos peros a esta posibilidad que en el país del Amazonia tuvo un aumento 62 por ciento en cinco años, sin que la inflación aumentara. Esto permitió que el consumo creciera siete veces más, sobre todo en los sectores populares.

En 2006 en  Bolivia se aplicó una nueva política económica y social, que se fundamenta en la nacionalización de los recursos naturales, la recuperación de lo que en México conocemos como renta petrolera, la redistribución de la riqueza y la participación activa del Estado en la economía.

Una de las palanca principales para alcanzar este logro que los bolivianos pueden presumir ante el mundo, Evo Morales lo explicó, como “la decisión política, económica y social más relevante”: la nacionalización de los hidrocarburos, con lo que el Estado participa y controla la propiedad de los hidrocarburos e industrializa el gas natural, situación que aquí en nuestro país, el gobierno de Peña Nieto está aplicando al revés. Los “beneficios” sólo serán para las grandes trasnacionales petroleras, las mismas empresas que antes de su nacionalización se quedaban con dicha renta petrolera.

La política social del gobierno del Presidente Evo Morales permitió lograr en Bolivia el descenso del nivel de pobreza extrema, entre 2005 y 2012, en 22 puntos porcentuales en el área rural. A nivel nacional este indicador cayó de 38.2 por ciento (2005) a 21.6 por ciento (2012). En 2005, la pobreza extrema en el campo llegaba al 62.9 por ciento, para 2012 disminuyó en 22 puntos porcentuales. En la ciudad la pobreza extrema llegaba a 24.3 por ciento en 2005 y bajó al 12.2 por ciento en 2012.

En fin, partamos pues de un principio, aquel que nos permita optar por los más pobres, para que dejen de serlo y que el mercado deje de ver en la pobreza, otra forma más de obtener plusvalía a través del “robo” de la mano de obra, mayor ganancia para sus bolsillos; cuando la inclusión de los más pobres al desarrollo, a mejores salarios, a mejor niveles de educación, salud, servicio, el resto de la sociedad, incluso los “ricos”, también se beneficiarán, cuando los pobres dejen de serlo. Esto puede, debe suceder, no debe quedar en una utopía. Ejemplos son pocos, pero los hay.

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